Había una vez, en un bosque tan antiguo que los árboles ya habían olvidado su propio nombre, un zorro pequeño y plateado al que le gustaba coleccionar estrellas.
El zorro y su frasco de cristal
Cada noche, cuando la luna se asomaba tímida entre las ramas, el zorro salía con un frasco de cristal en la boca. Saltaba, daba volteretas y atrapaba las estrellas que caían distraídas del cielo. Una, dos, tres… las metía con cuidado en el frasco y corría a su madriguera.
Pero algo extraño sucedía…
Cuando llegaba a casa y abría el frasco, las estrellas siempre estaban apagadas. Frías. Sin brillo. El zorro lo intentó muchas veces. Probó frascos más grandes, frascos más pequeños, frascos con tapa, frascos sin tapa.
Hasta que una noche, mientras lloraba sentado en una piedra, una estrella muy vieja le susurró:
“Pequeño zorro, las estrellas no se guardan. Las estrellas brillan porque son libres. Si las amas, déjalas en el cielo.”
El descubrimiento
El zorro entendió. Esa noche dejó su frasco vacío junto a la piedra y se acostó boca arriba. Y por primera vez, vio TODAS las estrellas a la vez. Miles. Millones. Brillando solo para él, solo porque estaban libres.
Y desde entonces, cada noche, antes de dormir, el zorrito plateado mira al cielo y sonríe.
Y colorín colorado…
…este cuento ha terminado. Cierra los ojitos. Las estrellas siguen ahí, brillando para ti.